Cicerón y el Arte de Convencer

Por 24/06/2018 Comunicación

Un orador persuasivo ¿nace o se hace? Es cierto que los ponentes más convincentes poseen ciertas cualidades innatas, como tener un timbre de voz agradable o cierta facilidad de palabra. Pero también está comprobado que la persuasión es un arte que puede aprenderse para superar obstáculos como la timidez, la inseguridad o la fragilidad de nuestra voz. De hecho, no hay impedimento que te permita ganar un debate o defender una posición, en la medida que estudies las técnicas de la persuasión y las pongas en práctica. 

El arte de la oratoria no es una disciplina nueva, sino que se remonta a los discursos y escritos de Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.). Con tan solo 17 años, el jurista, filósofo y orador romano publicó De Inventione, su primer ensayo en el que ya apuntaba a los orígenes de la elocuencia:

Una vez que se establecieron las ciudades, ¿cómo pudo suceder que las personas aprendieran a honrar la fe y a defender la justicia, y se acostumbraran a obedecer a los demás voluntariamente, y juzgaran que no solo deberían asumir grandes tareas por el bien común sino incluso sacrificar sus vidas, a menos que otros hayan sido capaces de persuadirlos por la elocuencia de las cosas que descubrieron por la razón? Ciertamente, nadie que haya sido dotado de una gran fuerza física se habría sometido voluntariamente y sin violencia a la ley, poniéndose a la misma altura que sobre quienes podía sobresalir, abandonando voluntariamente una costumbre muy satisfactoria (…) si no hubiera sido conmovido por un discurso poderoso y persuasivo.

Para Cicerón, nuestra capacidad de argumentar no es solo lo que separa a los hombres de las bestias, sino también una poderosa herramienta que nos permite ejercer el bien en nuestra sociedad. Treinta años después de que De Inventione viera la luz, Cicerón publicó De Oratore y Orator, sus obras definitivas sobre las dotes y el perfil de un buen orador.

Cicerón fue el primero en detallar las actividades que debe realizar un ponente, desde la identificación de la tesis o el punto a probar, a las tareas de documentación, organización del discurso, selección de un estilo apropiado en función de la audiencia, memorización del texto y adopción de técnicas para la exposición oral. Pero más allá de la preparación que debe llevar a cabo un buen orador, Cicerón describió un método de persuasión, originalmente propuesto por Aristóteles, para conducir las mentes de nuestra audiencia en la dirección que queremos:

1. Logos. Ante todo, el arte de la convicción se debe apoyar en argumentos racionales y lógicos, fáciles de comprobar y demostrar. En una presentación, el “logos” son los datos, ejemplos o estadísticas que apoyan nuestro argumento. De hecho, Cicerón distingue dos procesos básicos del método científico que también sirven para construir argumentos lógicos. Por un lado, empleamos la inducción, o razonamiento inductivo, cuando usamos uno a varios ejemplos para probar un punto más general. Por ejemplo, si una persona se emborracha al beber un litro de ron, de vino y de whiskey, podemos inducir que el exceso de alcohol provoca embriaguez. El otro lado del “logos” es la deducción, que parte de verdades más generales para llegar a particulares. En este caso, si partimos de la máxima de que todos los humanos son mortales, y sabemos que Cicerón es un humano, podemos deducir que Cicerón también es mortal.

2. Ethos. El segundo pilar de la persuasión tiene que ver con el carácter e integridad de la persona que intenta persuadir: la audiencia se dejará influir por su credibilidad, reputación y legitimidad. El objetivo, en este caso, es ganar la aprobación y admiración de la audiencia para que simpatice con nuestros argumentos. Desacreditar a un oponente o una posición adversa también es una manera efectiva de ganar adeptos a nuestro punto de vista (de ahí que el mundo de la publicidad a veces recurra a este estrategia, sobre todo en campañas políticas).      

Las mentes de la gente son conquistadas por el prestigio de un hombre, sus logros y la reputación que ha adquirido por su forma de vida. Esas cosas son más fáciles de embellecer si están presentes que fabricarlas si no se poseen por completo, pero en cualquier caso, su efecto se ve reforzado por un tono de voz suave por parte del orador, una expresión en su rostro que insinúa moderación y bondad en el uso de sus palabras, y si presiona un punto vigorosamente, que parezca actuar en contra de su inclinación, porque está obligado a hacerlo. Muestras de flexibilidad (…) son bastante útiles, así como también de generosidad, amabilidad, obediencia, gratitud y de no ser deseoso o codicioso. En realidad, todas las cualidades típicas de las personas que son decentes y modestas, no severas, no obstinadas, no litigiosas, no duras, realmente ganan la buena voluntad, y alienan a la audiencia de aquellos que no las poseen.

3. Pathos. El tercer y último ingrediente de la persuasión es el componente emocional. El orador apelará a los sentimientos de su audiencia para que se pongan de su lado y pueda ganar el argumento. Este es, tal vez, el pilar más arriesgado, ya que una excesiva demostración de emoción puede restar credibilidad al orador y alienar a la audiencia. En su justa medida, apelar a las emociones genera empatía con nuestra posición, y nos puede poner en ventaja sobre otras opciones sustentadas únicamente en argumentos racionales.

Cuando me pongo a trabajar sobre las emociones de los miembros del jurado en un caso difícil e incierto, concentro cuidadosamente todos mis pensamientos en considerar, con la mayor avidez posible, cuáles son sus sentimientos, sus opiniones, sus esperanzas y sus deseos, y en qué dirección mi discurso puede llevarlos más fácilmente hacia la conclusión de mi argumento. Si se ponen en mis manos, si por su propia iniciativa se inclinan en la dirección en que los estoy empujando, acepto lo que ofrecen y extiendo mis velas para atrapar cualquier brisa que esté soplando. Sin embargo, si los miembros del jurado son imparciales y no emocionales, se requiere un mayor esfuerzo; porque entonces, la situación de por sí no ofrece ayuda, y los sentimientos deben ser estimulados solo por mi discurso.

Según palabras del mismo Cicerón, no basta con alcanzar la sabiduría, es necesario saber utilizarla. Por eso, los ponentes más persuasivos ensayan sus presentaciones, usando un estilo claro, correcto y distintivo, en función de la ocasión y la audiencia. Y volviendo a la pregunta del inicio, para Cicerón nadie nace con un don único y especial. Los mejores presentadores buscan modelos a seguir e imitar.

En una época marcada por las noticias falsas, cabe reivindicar la necesidad de defender nuestras posiciones con otra de sus grandes citas: “si la verdad fuera evidente por sí misma, la elocuencia no sería necesaria”.

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Historias Que Viajan en el Tiempo

Por 16/05/2018 Cine & TV, Literatura

Estoy leyendo The Only Story, la última novela del escritor británico Julian Barnes. El narrador de esta historia es Paul, un joven de 19 años que, durante un lánguido verano de la década de los 60 en Londres, inicia un romance con Susan, una mujer casada de casi 50. La historia que Paul nos cuenta desde la perspectiva de la edad adulta, en vez de seguir una narrativa lineal, se desarrolla como la misma memoria de Paul, a golpe de fragmentos desordenados en el tiempo, como si de las piezas de un rompecabezas se tratara.

Como lector, la estructura fragmentada de esta historia no es fácil de hilvanar. Nuestras mentes están acostumbradas a seguir narrativas a lo largo de un arco cronológico lineal, en el que una serie de acontecimientos se concatenan para crear tensión y eventualmente alcanzar un clímax y un desenlace. Es mucho más desafiante para nuestro cerebro encontrar sentido en las viñetas que Paul narra sobre su historia de amor con Susan, ya que querrá ordenar cuándo ese romance nació, se consolidó y terminó. La prosa de Barnes, en este sentido, funciona como una marea que gradualmente entrega recolecciones a la orilla, solo para receder de nuevo al desorden de los rincones de la memoria.

Según un estudio citado por The Atlantic, existe una clara evidencia de que nuestras mentes prefieren las historias de desarrollo lineal. En 2015 un equipo de psicólogos mostró a dos grupos de participantes versiones distintas de la película Bang! You’re Dead de Alfred Hitchcock, una intacta y otra con la trama completamente desordenada. La película de 23 minutos cuenta la historia de un niño de 5 años que se topa con una pistola y empieza a disparar a diestro y siniestro pensando que la pistola es de juguete. A los dos grupos se les pidió que alzaran la mano cuando oyeran la palabra “pistola” en la película y, de manera predecible, fue el grupo que vio la película de manera desordenada el que obtuvo un mejor desempeño. Las personas que vieron la película intacta quedaron tan prendidos de la historia que a veces se olvidaron del ejercicio.

Entonces, ¿cómo es posible conectar emocionalmente con narrativas menos previsibles? Estas son algunas de las técnicas que funcionan para contar historias desordenadas en el tiempo:

La Analepsis. La analepsis, normalmente referida como “flashback”, es una técnica narrativa usada en el cine y la literatura para intercalar secuencias del pasado en el desarrollo lineal de una acción, normalmente introducidas como recuerdos de los personajes principales. Ciudadano Kane (1941) es una de las grandes obras del cine en usar esta técnica de forma magistral. La cinta arranca con la muerte del magnate mediático Charles Kane (Orson Wells) y, a través de varios flashbacks a su infancia y ascenso a la fama, nos permite desvelar el significado de “Rosebud”, la última palabra que pronunció antes de morir. En esta cinta, la analepsis es un recurso que nos permite crear suspense y tensión narrativa hasta revelar el gran misterio detrás de la palabra. En la siguiente secuencia, podemos ver el magistral uso de esta técnica, en un viaje a los días de infancia de Kane:

La Prolepsis. La prolepsis nos da información sobre el futuro desde el presente para obtener un anticipo de los hechos que ocurrirán más tarde. El uso de esta técnica puede realizarse a modo de “flashforward”, como una visión breve del futuro, o como una secuencia más amplia en forma de premonición. En todo caso, la prolepsis requiere mucha destreza narrativa para mantener la atención de la audiencia a lo largo de la historia, ya que desvela al menos parte del desenlace. Por ejemplo, en la película American Beauty (1999), el personaje principal revela su destino desde los primeros planos: «Tengo 42 años y, en menos de un año, estaré muerto. Por supuesto, todavía no lo sé. Y en cierta manera, ya estoy muerto». A lo largo de la película, descubrimos las razones de su infelicidad y la serie de circunstancias que lo conducirán hasta la muerte.

El Efecto Mariposa. El efecto mariposa realmente no es una técnica narrativa, sino un concepto de la teoría del caos. Esta idea se sostiene en que, si introducimos una pequeña variación al inicio o desarrollo de dos situaciones similares, el desenlace será completamente diferente. Según lo formuló el matemático Edward Norton Lorenz, si partimos de dos mundos casi idénticos, y en uno de ellos hay una mariposa aleteando y en el otro no, a largo plazo las situaciones acabarán siendo muy diferentes: en uno de ellos puede producirse un tornado y en el otro no suceder nada en absoluto. Una de las películas en mostrar las diferencias en estos mundos paralelos es Corre, Lola, corre (1998), en el que se presenta tres veces un periodo de tiempo de veinte minutos. La acción comienza siempre igual – Lola tira el teléfono al recibir una llamada de socorro de su novio – y sale corriendo de su apartamento, pero cada carrera se desarrolla de manera diferente y con resultados distintos.

En el caso de The Only Story, Paul cuenta su historia de amor con Susan usando la técnica de la analepsis, pero como las escenas retrospectivas no son tan repentinas y cortas como un “flashback”, caen bajo una categoría especial de analepsis que se llama el “racconto”, donde la colección de momentos pasados van progresando lentamente hasta llegar al punto de partida de la historia.

Sea cual sea el viaje que nos plantee una narrativa entre el pasado, el presente y el futuro, cabe recordar que solo conectaremos emocionalmente con la historia cuando seamos capaces de encontrarle un sentido. Lograr esa coherencia no es tarea fácil para el storyteller, que deberá siempre encontrar la dosis correcta de desorden o disrupción, sin sacrificar claridad ni creatividad narrativa.

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Cinco Elementos para Crear una Buena Historia

Por 19/02/2018 Literatura

En la ducha, en la playa, o en medio de un atasco. En un momento anodino, cuando menos te lo esperas, surge esa idea fantástica que puede revestir de originalidad tu próxima presentación o urdir la trama de tu primera novela. Nace de manera espontánea y, tras iluminar literalmente cada rincón de tu cerebro, pareciera querer eludirte y escaparse como una mariposa, si no tienes reflejos suficientes de atraparla en la red de un papel o de una conversación. No es hasta que construimos una narrativa a ese pensamiento tan maravilloso como esquivo que nuestra historia llega a materializarse.

La exploración de cómo nacen las buenas historias ocupó muchos de los trabajos de Ursula K. Le Guin, una escritora estadounidense más conocida en el mundo literario por sus novelas de ciencia ficción. Pero Le Guin, quien nos dejó el pasado mes de enero a los 88 años, también escribió numerosos ensayos sobre el arte de contar historias, en los que demostró su vocación académica y visión profundamente humanista.

En el ensayo ¿De dónde salen tus ideas?, publicado en 1989 en la antología Dancing at the Edge of the World: Thoughts on Words, Women, Places, Le Guin destruye el mito de que las historias nacen de ideas que, a su vez, se originan por generación espontánea. Así lo expresa en sus propias palabras:

 Diría que, como regla general, aunque un evento externo pueda desencadenarlo, este estado de percepción o fase de inicio de la historia no proviene de ningún lugar fuera de la mente al que se pueda apuntar; surge en la mente, a partir de contenidos psíquicos que han dejado de estar disponibles para la mente consciente, la experiencia interna o externa que, según la encantadora frase de Gary Snyder, ha sido compostada. No creo que un escritor “obtenga” (tenga en la cabeza) una “idea” (algún tipo de objeto mental)  “de” alguna parte, y luego lo convierta en palabras y las escriba en papel. Al menos en mi experiencia, no funciona de esa manera. El material tiene que transformarse en uno mismo, tiene que ser compostado, antes de que pueda crecer una historia.

Ese proceso de compostaje, por el que una idea madura hasta transformarse en una historia, requiere de la unión de cinco elementos en el análisis de Le Guin:

 1. Los patrones del lenguaje: los sonidos de las palabras.

2. Los patrones de sintaxis y gramática; la forma en que las palabras y las oraciones se conectan entre sí; las formas en que sus conexiones se interconectan para formar las unidades más grandes (párrafos, secciones, capítulos); de ahí el movimiento de la historia, su ritmo, marcha y forma en el tiempo.

3. Los patrones de las imágenes: lo que las palabras nos hacen o nos dejan ver con el ojo de la mente o el sentido imaginativo.

4. Los patrones de las ideas: lo que las palabras y la narración de los hechos nos hacen comprender, o usan nuestra comprensión.

5. Los patrones de los sentimientos: lo que las palabras y la narración, al usar todos los medios anteriores, nos hacen experimentar emocional o espiritualmente, en áreas de nuestro ser que no son directamente accesibles o expresables en palabras.

Como los distintos instrumentos de una orquesta tienen que tocar juntos y en sintonía para producir una bella sinfonía, todos los elementos de una historia (las palabras, la sintaxis, las imágenes, las ideas, y los sentimientos) tienen que funcionar al unísono para componer una buena historia.

El inicio del trabajo, ese escenario misterioso, es tal vez su unión: cuando en la mente del autor un sentimiento comienza a conectarse con una imagen que lo expresará, y esa imagen lleva a una idea, hasta ahora a medio formar, que comienza a encontrar palabras por sí mismo, y las palabras llevan a otras palabras que crean nuevas imágenes, tal vez de personas, personajes de una historia, que están haciendo cosas que expresan los sentimientos subyacentes y las ideas que ahora están resonando entre sí.

No hay mayor torpeza para Le Guin que, aún teniendo ideas brillantes y fuertes sentimientos, el contador de historias no cuente con las imágenes para encarnarlas, ni con el lenguaje necesario para expresarlas. La lectura y la práctica de la escritura son, al final, mucho más valiosas que la más brillante de las ideas.

El novelista y poeta Boris Pasternak dijo que la poesía se hace de “la relación entre los sonidos y los significados de las palabras.” Creo que la prosa se hace de la misma manera, si permite que los “sonidos” incluyan la sintaxis y los grandes movimientos, conexiones y formas de la narrativa. Hay una relación, una reciprocidad, entre las palabras y las imágenes, ideas y emociones evocadas por esas palabras: cuanto más fuerte es esa relación, más fuerte es la historia. Creer que puedes lograr un significado o sentimiento sin patrones coherentes e integrados de los sonidos, los ritmos, las estructuras de las oraciones, y las imágenes, es como creer que puedes ir a caminar sin huesos.

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Cinco Líneas para Posicionar tu Marca

Por 16/12/2017 Comunicación

Carmen está interesada en comprarse un automóvil. Tiene dos hijos pequeños, y valora más la seguridad de su familia que el diseño y la velocidad en su modo de transporte. Un amigo le menciona modelos de Volvo y BMW como posibilidades de compra. ¿Por cuál de estas dos opciones crees que se inclinará en una primera instancia?

Tal vez no sepa explicarlo, pero es muy probable que Volvo le suene como una mejor opción. Esta marca ha logrado posicionarse en su mente como sinónimo de seguridad, sin que tenga muy claro por qué este concepto está grabado en su inconsciente. ¿Habrá visto algún anuncio publicitario o leído algo en el periódico? Es probable, pero la explicación es más profunda y va mucho más allá.

Si Volvo ha logrado convertirse en sinónimo de seguridad, se debe a que la empresa ha dotado a su oferta de automóviles una personalidad única, que incita al consumidor en pensar en ella por ciertas características frente a la oferta de la competencia. El posicionamiento de una marca es la extensión de su nombre y logotipo, y es un ejercicio en narrativa que ayuda a las empresas a definir el espacio que quiere ocupar en el mercado y en la mente de sus consumidores. Y aunque una marca como Volvo no se construye de la noche a la mañana, las buenas noticias son que cualquier empresa puede definir su posicionamiento siguiendo esta estructura, dividida en cinco secciones:

1. PÚBLICO OBJETIVO. ¿Quién es el cliente perfecto? Los posicionamientos de marca arrancan con la preposición “para” y definen hacia quién o quiénes dirigen sus productos o servicios. Mientras que Volvo trabaja “para familias preocupadas por su seguridad”, BMW lo hace “para esa persona que busca la excitación en la conducción.¨ Son dos perfiles de clientes opuestos.

2. MARCO DE REFERENCIA. En esta segunda sección del posicionamiento, la marca explica qué producto o servicio ofrece de manera directa y con pocos adjetivos. Volvo, por ejemplo, es “el coche de todos los días”, mientras que BMW se define como “el coche deportivo de lujo.”

3. BENEFICIO FUNCIONAL. En esta parte de la narrativa la marca explica los beneficios prácticos que quiere resaltar de su producto o servicio. Los beneficios que Volvo destaca son “sus prestaciones de seguridad de alta gama”, mientras que BMW se concentra en “su tecnología de punta para alcanzar velocidad”.

4. BENEFICIO EMOCIONAL. ¿Y qué sentimiento quieren transmitir las marcas a tus clientes? En esta sección de la narrativa, Volvo apuesta por dar “tranquilidad cuando conduces”, mientras que BMW quiere que “experimentes un sentimiento memorable y emocionante cuando conduces”. A este punto, ya vemos cómo las dos marcas quieren acaparar espacios claramente distintos en nuestras mentes.

5. RAZONES PARA CREER. Como broche de oro, un buen posicionamiento resalta las razones por las cuales esa marca es única, especial y, sobre todo, relevante para el público objetivo. Volvo termina por convencernos de que es paragón en seguridad al afirmar que “aprueba los exámenes más extremos de seguridad”, mientras que BMW te termina de seducir con su propuesta al expresar que “tiene una calidad única, así como un excelente servicio al cliente.”

Así, supongamos que te dedicas a vender galletas, y pretendes posicionarte con tu marca ÑAM como líder en el mercado de productos dulces y saludables. Tu posicionamiento de marca podría ser algo así:

PARA personas saludables que cuidan su dieta

ÑAM es una suculenta galleta baja en calorías

QUE contiene ingredientes exclusivamente naturales

PARA que puedas disfrutar del mejor sabor sin sentirte culpable

PORQUE, según las encuestas, somos la galleta favorita en la franja de las 100 calorías y los 2 gramos de grasa

¿Estás listo para crear tu propio posicionamiento de marca? Contrario a lo que te pueda parecer, estas narrativas no suelen ser compartidas externamente con los clientes, sino que más bien se construyen internamente en las empresas como base de su identidad y guía a sus estrategias de marketing. Marcas como Volvo, por ejemplo, han usado esas cinco líneas de manera subliminal y consistente en todas sus campañas de marketing, desde sus anuncios de los años 70 a los más actuales. Cuando se define bien y aplica rigurosamente, este posicionamiento crea leales “seguidores” y “fans” a las marcas, por lo que se considera, junto a la cultura y la calidad, en uno de los pilares de las empresas con éxito. Crea un posicionamiento convincente y estarás más cerca de forjar una marca de leyenda.

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Joan Didion, Contra el Desconsuelo

Por 06/12/2017 Literatura

Cruda y punzante pero a la vez elegante y poética. Como la sangre de una herida abierta, la prosa de Joan Didion surge a borbotones y se derrrama en frases perfectamente construidas. Si no conoces aún a Didion, te sorprenderá descubrir a una escritora de presencia frágil y personalidad algo excéntrica que se ha establecido como una de las voces más originales de la literatura contemporánea en Estados Unidos.

Esta semana Didion cumple ochenta y tres años. Se inició en el periodismo, y durante las convulsas décadas de los años 60 y 70 fue frecuente encontrar su firma al pie de las notas de Life, Vogue y The New York Times. Posteriormente, en las décadas que estuvo casada con el escritor John Gregory Dunne, Didion tornó su atención hacia el ensayo, la novela e incluso el teatro, pero siempre desde la perspectiva del periodismo narrativo.

De hecho, hasta principios de los años 2000, Didion era más reconocida como una estupenda cronista que como una escritora de especial mérito literario. La vida y la obra de Didion, sin embargo, darían un vuelco en el transcurso de apenas dos años, a raíz de la muerte súbita de su marido y la inesperada enfermedad de su hija. Los hechos los narra así en su mejor obra, “El año del pensamiento mágico”:

Hace nueve meses y cinco días, aproximadamente a las nueve de la noche del 30 de diciembre de 2003, mi marido, John Gregory Dunne, en la mesa del salón de nuestro apartamento de Nueva York en la que acabábamos de sentarnos a cenar, sufrió aparentemente —o realmente— un repentino y severo ataque al corazón que le causó la muerte. Nuestra única hija, Quintana, llevaba cinco noches inconsciente en una unidad de cuidados intensivos de la Singer División del Beth Israel Medical Center, por entonces un hospital en la avenida East End (cerró en agosto de 2004), más conocido como el Beth Israel North o el Antiguo Hospital de Médicos; lo que pareció un caso de gripe invernal lo bastante grave para ingresarla en urgencias la mañana de Navidad había derivado en neumonía y choque séptico.

Quintana nunca se llegó a recuperar y falleció de pancreatitis en 2005 a los 39 años. En sus dos obras maestras, “El año del pensamiento mágico” (2005)  y “Noches azules” (2011), Didion intentó hacer sentido del desconsuelo que, de la noche a la mañana, inundó su vida. La escritura de estos dos libros fue una aproximación periodística a la naturaleza del dolor pero, sobre todo, una forma de terapia para procesar lo ocurrido.

Los supervivientes miran atrás y ven presagios, mensajes que no tomaron en cuenta. Recuerdan el árbol que se secó, la gaviota que se estrelló contra el capó del coche. Viven de símbolos. Extraen significados del bombardeo de spam en el ordenador que no usan, de la tecla de borrado que deja de funcionar, del imaginado abandono en la decisión de reemplazarla. La voz de mi contestador es aún la de John. El que se oiga la suya es un hecho totalmente arbitrario que sólo tiene que ver con que fuera él quien estaba en casa el día que hubo que hacer la grabación; pero si yo tuviera que volver a grabar el mensaje, lo haría con un sentimiento de traición. Un día que hablaba por teléfono desde su despacho, pasé distraídamente las hojas del diccionario que él siempre dejaba abierto sobre la mesita junto al escritorio. Cuando me di cuenta de lo que había hecho, me disgusté. ¿Qué palabra era la última que él había buscado? ¿En qué había estado pensando?

Recordar es importante para Didion, pero no es suficiente para ganar la batalla al desconsuelo. A través de la escritura, batalla contra la desesperanza y logra afrontar el dolor. Para Didion, la religión nunca fue refugio para encontrar la paz en sí misma.

El dolor por la pérdida nos resulta un lugar desconocido hasta que llegamos a él. Anticipamos (lo sabemos) que alguien cercano a nosotros puede morir, pero no imaginamos más allá de los días o semanas inmediatamente posteriores a esa muerte imaginada. (…) Cuando anticipamos el funeral nos preguntamos si lograremos «superarlo», estar a la altura de las circunstancias, hacer gala de la «entereza» que invariablemente se menciona como respuesta correcta ante la muerte. Anticipamos que necesitaremos fortalecernos para ese momento: ¿seré capaz de recibir a la gente? ¿Seré capaz de dejar el lugar? ¿Seré capaz siquiera de vestirme ese día? No sabemos que ése no será el problema. No podemos saber que el funeral en sí mismo será anodino, una especie de regresión narcótica, arropados por el cariño de los demás y por la gravedad y significado de la ocasión. Ni podemos saber —y ahí reside la diferencia fundamental entre cómo imaginamos el dolor y cómo es en realidad ese dolor— la interminable ausencia que sigue al hecho en sí, el vacío, la absoluta falta de sentido, la inexorable sucesión de momentos en los que nos enfrentaremos a la experiencia del sinsentido.

En 2013, el presidente Barack Obama concedió a Joan Didion la Medalla Nacional de las Artes y las Humanidades. En su discurso, Obama la describió como una de las más prestigiosas escritoras de su generación. Un mérito que reflejan fragmentos tan bellos como éste, en el que Didion reflexiona sobre lo inevitable de su propia mortalidad.

Durante las noches azules uno piensa que el día no se va a acabar nunca. A medida que las noches azules se acercan a su fin (y lo hacen, lo hacen siempre) uno experimenta un escalofrío literal, una visión de enfermedad, en el mismo momento de darse cuenta: la luz azul se está yendo, los días ya se están acortando, el verano se ha ido (…) Las noches azules son lo contrario de la muerte de la luz, pero al mismo tiempo son su premonición.”

Nuestra esperanza es que aún le queden muchas más historias por contar. Si quieres conocer más sobre la vida y obra de Joan Didion, no te pierdas el documental ¨Joan Didion: el centro cederá¨, disponible en Netflix (solo en inglés).

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Cuatro Trucos para Dominar la Narrativa Visual

Por 22/11/2017 Comunicación

La sabiduría popular dice que una imagen vale más que mil palabras. Y la ciencia lo refrenda: el 90% de la información que llega a nuestro cerebro es visual, y cada imagen se procesa 60.000 veces más rápidamente que cualquier texto. Si además consideramos que el rango de atención promedio de una persona es de tan solo 8 segundos, no es de extrañar que los profesionales del marketing y de las industrias creativas estén buscando nuevas formas de contar historias con el poder de las imágenes.

La narrativa visual, o lo que últimamente se ha dado en llamar “storytelling visual” por influencia anglosajona, se refiere a esas historias que contamos a través de elementos visuales, bien sean fotografías, ilustraciones o vídeos, y cuyo impacto podemos magnificar con el uso de elementos gráficos, música, y otros efectos sonoros.

En entradas anteriores de este blog ya hemos explorado cómo los avances en tecnología nos permiten contar historias de forma mucho más visual, desde los carruseles de infográficos y microvideos que consumimos a diario en Instagram, a las nuevas producciones audiovisuales en formato 3D y realidad virtual.

En esta entrada, sin embargo, he decidido seleccionar cuatro trucos que nos permiten emocionar, sorprender y finalmente conquistar a audiencias y clientes con excepcionales narrativas visuales. Asimismo, daré ejemplos de fotografías y películas que ilustran este concepto.

1. Amplifica el Contexto. Las mejores narrativas visuales son menos literales y más sugestivas, al permitirnos imaginar y adivinar elementos de la historia que no se recogen en la imagen. Por ejemplo, basta con ver una imagen en la que aparezca una persona aterrada y sentada en la esquina de una habitación, para imaginarnos fácilmente que fuera de la imagen acecha un fantasma o una figura acosadora. La ausencia de texto o diálogo, junto a elementos sugestivos en una imagen, nos pueden ayudar a crear tensión narrativa, suspense y sorpresa en el desarrollo de una historia.

Un maestro de la amplificación del contexto era el director de cine italiano Michelangelo Antonioni. Sus películas contienen muy poco diálogo, pero cada plano nos permite intuir el discurso interno de los personajes. Por ejemplo, en La aventura (L´Avventura, 1960), la búsqueda incansable de una mujer desaparecida en una isla volcánica hace eco de la soledad, la angustia, la incomunicación y el aburrimiento que plagan a los personajes principales.

2. Marca un Estilo Propio. Son tantas las imágenes que asaltan nuestros sentidos cada día – tan solo en Facebook, se suben más de 136.000 fotos cada minuto – que las narrativas visuales más efectivas son aquellas que sobresalen del resto por su originalidad y personalidad propias. Franca Sozzani (1950-2016) es un claro exponente. Como redactora jefe de la revista Vogue Italia desde 1988 hasta su muerte, Sozzani cambió la manera de fotografiar moda, a través de la lente de grandes colaboradores como Bruce WeberPeter Lindbergh. Mientras otras publicaciones de moda evadían temas escabrosos como la violencia doméstica o el uso de drogas, Sozzani decidió abordar problemáticas sociales y medioambientales en sus reportajes fotográficos. En 2010, por ejemplo, sus modelos aparecieron cubiertas de petróleo en las playas de México, como denuncia de uno de los mayores desastres ecológicos de nuestros tiempos, el vertido del Exxon Valdez. Para conocer a fondo el estilo y la filosofía de Sozzani, puedes ver el documental Franca: caos y creación, que se encuentra disponible en Netflix.

3. Estructura la Imagen. Cuando una imagen contiene demasiados detalles o puntos de atención, es más fácil desorientar a la audiencia y confundirla con la historia que estamos queriendo transmitir. Así, el storytelling visual más impactante suele ser el más simple y directo. En otras entradas de este blog hemos hablado de la regla de los tercios, como una técnica fotográfica que nos ayuda a encontrar el balance en nuestras imágenes y a capturar la atención de nuestras retinas. En el cine, donde la imagen es más rectangular, la regla de los tercios se traduce en el sistema de los cuadrantes, que te permite dividir cada plano en dos (derecha e izquierda) o cuatro (arriba, abajo, derecha e izquierda) partes para poder contar más aspectos de la historia. Este vídeo aplica la regla de los cuadrantes a la película Drive (2011), en la que la imagen es tan elocuente como el muy seleccionado diálogo.

4. Enfoca el Mensaje. Toda buena historia tiene una resolución, llamada a la acción o moraleja, así como cualquier intento de venta tiene el “pitch” que nos incitó a comprar. Las historias creativas y corporativas se destilan en mensajes, por lo que cualquier intento de construir una narrativa visual debe tener en cuenta esa lección, reflexión, producto o gran idea que queremos que deje huella o mueva a la acción a nuestra audiencia. En ese sentido, debemos evitar la cacofonía de mensajes y, desde el inicio, tener claro el mensaje principal que queremos comunicar.

Por ejemplo, las películas de Blade Runner, incluyendo la última entrega de Denis Villeneuve, se distinguen de otras películas de ciencia ficción con escaso diálogo por crear planos que giran alrededor de una idea principal: el mundo postmoderno es tan multicultural como depresivo, y donde los avances de la inteligencia artificial nos hace cuestionarnos qué es lo que realmente caracteriza al ser humano.

Con estas cuatro técnicas, es posible que puedas construir una narrativa alrededor de una simple imagen. Recuerda que, al final, las buenas historias suscitan emociones, por lo que nuestro uso de recursos visuales siempre debe guiarse por la máxima de sorprender, divertir, conmover o simplemente deslumbrar. Porque como decía el filósofo austriaco Peter Drucker,

“lo más importante de la comunicación es escuchar lo que no se dice”.

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Momentos Inolvidables

Por 13/10/2017 Comunicación

Recuerdo que tenía unos 9 años, y que era época navideña. Nos habíamos juntado toda la familia a comer en casa de mi abuela y, terminada la sobremesa, mi tía decidió llevarnos al cine a mis primas y a mí. No era la primera vez que iba al cine, ya que mis padres me habían llevado antes a ver películas de dibujos animados en un cine de verano al aire libre. Pero esta experiencia fue distinta y marcaría el resto de mi vida. Mi tía nos había llevado a ver Kramer contra Kramer, mi primera película dramática en una gran pantalla. Esa tarde, en los silencios y conversaciones de Meryl Streep y Dustin Hoffman, descubrí la magia del cine.

¿Por qué una experiencia tan puntual de mi infancia ha dejado una huella indeleble en mi memoria mientras meses enteros de mi vida adulta han desaparecido de mi recuerdo? ¿Qué hace que un momento se convierta en especial e inolvidable? Chip y Dan Heath, dos hermanos que además son profesores de las universidades de Stanford y Duke respectivamente, han escrito un entretenido libro que explora porqué algunos momentos son más trascendentes y significativos que otros.

The Power of Moments no solo nos brinda claves para vivir una vida más rica e intensa, sino que además nos inspira a crear historias y momentos que sean más impactantes para los demás, desde las memorias que queremos crear para nuestros hijos, hasta las narrativas de venta que preparamos en presentaciones para nuestros clientes.

En el arco narrativo de una historia, estos momentos representan esos puntos de inflexión al inicio de la trama que ponen en marcha los acontecimientos de nuestro relato. Pero también pueden ser el desenlace, ese punto final de nuestra historia donde alcanzamos una resolución al conflicto o a la tensión de la narrativa. Según explican los hermanos Heath, este tipo de experiencias se pueden clasificar en cuatro categorías:

ELEVACIÓN. Hay momentos que siempre recordaremos por ser disruptivos: rompen con la rutina y nos sorprenden al aportarnos algo nuevo, sorprendente, fascinante e inesperado. Son esas experiencias sensoriales, como la de mi infancia en el cine, que exaltan nuestras emociones y siempre recordaremos como momentos extraordinarios. En nuestras vidas, muchos de estos momentos se agolpan en la infancia y en la adolescencia, por ser las etapas de nuestra vida cuando vivimos muchas experiencias por primera vez, como la de viajar en avión, el primer beso o el primer baile.

VISIÓN. ¿Quién no recuerda haber vivido momentos que han redefinido la comprensión del mundo que nos rodea o de la vida a la que aspiramos? Estos momentos pueden detonarse por factores externos pero conducen a una reflexión interna en la que pareciera encenderse una lucecita en nuestras cabezas. “Esta es la carrera que quiero estudiar” o “esta es la persona con la que voy a compartir el resto de mi vida” son ejemplos de este tipo de momentos. A priori pueden parecer más espontáneos y difíciles de crear, pero es posible inducir o plantar semillas para lograr ese momento de iluminación.

SUPERACIÓN. Uno de los arquetipos narrativos más emocionantes son las historias de superación, ya que suelen abordar cómo es posible superar grandes retos o miedos, bien sea con tesón, inteligencia o destreza. Se refleja en esos momentos que nos llenan de orgullo por haber cosechado un gran logro, como completar una maratón, haber tenido un hijo o haber aprobado unas oposiciones. Estos momentos no son accidentales: para crearlos o vivirlos, es necesario trazar un plan o una serie de acciones que nos permitan ascender escalones para alcanzar la cima.

CONEXIÓN. Es mucho más probable que recordemos momentos especiales de conexión con los demás, que los momentos rutinarios en grupos o en soledad. Las celebraciones y convocatorias reafirman nuestra propia humanidad al incitar sentimientos de solidaridad y comunión. Así, recordaremos de manera perdurable asistir a la boda de un amigo, ir al concierto de nuestra banda de jazz favorita o participar en una manifestación en defensa de los derechos humanos. Estos momentos no suelen ser espontáneos ni inesperados, por lo que es más fácil crearlos para añadir intensidad e interés a las narrativas que creamos o a la de nuestra vida.

En resumidas cuentas, las experiencias más memorables son las que suscitan emociones. Han pasado más de treinta años pero recuerdo, como si fuera ayer, los sentimientos de aquel niño que fui. Nervioso por la transgresión de ir a ver una película clasificada apta para mayores de 14 años. Expectante por el silencio y la oscuridad que reinaba en el cine. Y sobre todo, conmovido por aquellos impresionantes actores que me hablaban desde la pantalla.

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Cuatro Peligros de las Redes Sociales

Por 03/10/2017 Comunicación

En Rendición, la novela distópica de Ray Loriga (Madrid, 1967) que ha ganado este año el Premio Alfaguara de Novela, una familia es evacuada de una zona de guerra a una ciudad donde nunca se hace de noche y es imposible esconderse, ya que los edificios son completamente transparentes. En este lugar de luz eterna nadie echa de menos la privacidad, ya que todo es gratuito y todos los ciudadanos viven en igualdad de condiciones. Lo más inquietante es que la gente vive en un estado de extraña pero completa felicidad.

La ciudad transparente de Loriga es la perfecta alegoría para el universo de las redes sociales, en el que millones de personas comparten, a veces con un mundo de completos desconocidos, intimidades de una vida que antes sólo veían la luz, de forma mucho más intermitente y restringida, con familiares y amigos, en álbumes de fotos o correspondencia personal.

En el escaparate de las redes sociales, nos convertimos en artífices de nuestra propia narrativa, a menudo seleccionando lo mejor de nosotros mismos para generar amistad, amor, simpatía o incluso interés de compra. Somos a la vez generadores y consumidores adictivos de contenidos que suelen mostrar nuestro lado más amable, bello, original y divertido. Pero ¿hasta qué punto es oro todo lo que reluce en estas redes? ¿Y dónde comienza a difuminarse la frontera entre lo que consideramos público y privado?

Como demuestran algunas historias que han acaparado titulares, el escaparate de las redes sociales representa peligros tan reales como éstos:

1. Un Salto a la Hiperrealidad. Las redes sociales no son solamente plataformas para mantener contacto con amigos, sino un mundo hiperreal donde muchos jóvenes son incapaces de distinguir la realidad de la ficción. Madison Holleran, una chica guapa y popular, era también una estrella emergente del equipo de corredores en pista de la Universidad de Pennsylvania. A juzgar por las fotos sonrientes de su perfil de Instagram, nadie hubiera pensado que Maddy, como la llamaban sus amigos, estuviera sufriendo una depresión que la conduciría al suicidio. Para Maddy existía una realidad, la del dolor y la presión por ser la mejor corredora, que poco tenía que ver con las imágenes filtradas que colgaba en redes sociales.  En una reciente encuesta realizada por las Girl Scouts of America, casi el 74 por ciento de las chicas jóvenes entrevistadas admitieron proyectarse en las redes sociales como “más divertidas y de buen rollo” que lo que son en la vida real.

2. Un Mundo sin Privacidad. Quién iba a decirle a Enrique Sardá Valls que un comentario jocoso en Facebook fuera a costarle el cargo como Cónsul General de España en Washington DC. Hace unos meses, en un grupo cerrado de la red social, Sardá Valls se mofó del acento andaluz y del vestido de Susana Díaz, Presidenta de la Junta de Andalucía. En cuestión de horas, las redes sociales se incendiaron, desatando la ira del gobierno andaluz y propiciando la decisión del ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis, de destituir al Cónsul de sus funciones. Si bien Sardá Valls pidió disculpas a Díaz y alegó haber ejercido su libertad de expresión en un foro privado, tuvo que acatar una destitución que tildó de “desproporcionada”. Sardá Valls comprobó que, en redes sociales y de cara a la galería, las fronteras entre lo público y lo privado no existen, y cualquier acción te puede pasar factura si no ejerces cautela.

3. Cuidado con ser Políticamente Incorrecto. A Justine Saccoex-directora de comunicación de InterActiveCorp (IAC),  la vida le dio un vuelco en el transcurso de un vuelo de 12 horas. Antes de abordar en Londres hacia Ciudad del Cabo, publicó el siguiente ¨tuit¨: “Me voy a África. Espero no pillar el sida. Es broma. ¡Soy blanca!”. Su chiste racista se convirtió en tendencia a nivel mundial, hasta el punto de que muchos usuarios crearon la etiqueta #HasJustineLandedYet (“ha aterrizado Justine ya”) para expresar su indignación. IAC, la compañía detrás de vimeo y match.com, se vio forzada a responder, incluso antes de que Sacco aterrizara en Africa, con este comunicado: “Es un comentario indignante y ofensivo que no refleja el punto de vista ni los valores de IAC. Desgraciadamente, la empleada en cuestión está ilocalizable en un vuelo internacional, pero es un asunto muy serio y adoptaremos las medidas oportunas”.  Las medidas se tradujeron en su despido inmediato.

4. El Riesgo de Hackeo. En términos de escala e influencia, la intromisión rusa en las elecciones estadounidenses de 2016 es, sin duda, la historia reciente más fascinante sobre el peligro de las redes sociales. El próximo 1 de noviembre, las compañías Facebook, Twitter y Google han sido llamadas a testificar ante el Congreso de EE.UU. sobre el alcance de los esfuerzos de Moscú por usar sus canales en las elecciones que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca. Facebook ha revelado que sospecha que usuarios rusos compraron hasta 100.000 dólares en anuncios publicitarios para sembrar discordia durante el ciclo electoral. Y de acuerdo a Buzzfeed, el sistema automatizado de anuncios de Google permitió difundir directamente anuncios a personas que utilizaban términos de búsqueda racistas y antisemitas. Las redes sociales se han convertido en plataformas para la manipulación y la propaganda política, incluso a nivel internacional.

Sin ánimo de ser alarmista, estas historias nos llaman a ejercer cautela a la hora de navegar el mar abierto y tempestuoso en el que pueden convertirse las redes sociales. Atrapados entre la realidad y la ficción, es fácil dejarnos seducir por un mundo virtual tan transparente como potencialmente engañoso.

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El Arte de Callar

Por 24/07/2017 Comunicación

Los que no vivimos en un monasterio o en un lugar apartado del mundo, estamos acostumbrado al ruido. El silencio es un fenómeno anómalo que hay que buscar y cultivar, por encima del rumor del tráfico que nunca cesa en la ciudad o la cacofonía que mana de nuestros espacios de convivencia y fuentes de información o entretenimiento. El silencio, en vez de celebrarlo, nos suele incomodar y, a veces incluso, nos produce confusión y ansiedad.

Así, resulta paradójico pensar que el silencio sea una herramienta poderosa para contar historias. Como saben los seguidores de este blog, las pausas son una estrategia efectiva para llamar la atención de nuestra audiencia cuando damos una presentación; con el silencio, estamos tomando prestada una técnica teatral para crear tensión narrativa, de tal forma que podamos sorprender o emocionar con más facilidad. El silencio nos da más poder como presentadores y, con su efecto hipnótico, logramos seducir a un público expectante.

Incluso en nuestras conversaciones, el que calla no siempre otorga; el silencio de uno de los interlocutores puede marcar un momento para la reflexión o para expresar emociones más allá de las palabras, con ayuda de nuestro lenguaje corporal. Martin Luther King, uno de los mejores oradores de la historia, decía que: “al final, no recordaremos las palabras de nuestros enemigos sino el silencio de nuestros amigos”. El silencio, bien gestionado, puede ser ensordecedor.

Desde PlatónAristóteles, hay muchos pensadores clásicos que han dedicado volúmenes al arte de la retórica, pero ¿quién nos enseña el arte del silencio? En 1771, el clérigo francés Joseph Dinouart (1716-1786), escribió “El arte de callar”, un ensayo que reflexiona sobre los distintos tipo de silencio y los principios necesarios para callar. Para Denouart, guardar silencio requiere las mismas habilidades que las de un discurso elocuente.

La reserva necesaria para guardar bien silencio en la conducta ordinaria de la vida no es una virtud menor que la habilidad y el cuidado en hablar bien; y no hay más mérito en explicar lo que uno sabe que en callar bien sobre lo que se ignora. A veces el silencio del prudente vale más que el razonamiento del filósofo; el silencio del primero es una lección para los impertinentes y una corrección para los culpables.

Según Dinouart, solemos pensar que el hombre que habla poco es cobarde o mediocre, cuando realmente es un hombre valiente y con sentido común, más proclive a realizar grandes hechos.

El silencio es necesario en muchas ocasiones, pero siempre hay que ser sincero; se pueden retener algunos pensamientos, pero no debe disfrazarse ninguno. Hay formas de callar sin cerrar el corazón; de ser discreto, sin ser sombrío y taciturno; de ocultar algunas verdades, sin cubrirlas de mentiras.

Dinouart también tipifica el silencio, desde el prudente que denota discreción y el complaciente que demuestra asentimiento, al del desprecio, que se traduce en frialdad y orgullo, o al estúpido, propio de los taciturnos e insensibles de espíritu. Pero tal vez sean los silencios inteligente y artificioso los que más usamos cuando contamos historias.

Es un silencio inteligente cuando en el rostro de una persona que no dice nada se percibe cierto talante abierto, agradable, animado, e idóneo para reflejar, sin la ayuda de la palabra, los sentimientos que se quieren dar a conocer.

El silencio es artificioso cuando uno solamente calla para sorprender, bien desconcertando a quienes nos declaran sus sentimientos sin darles a conocer los nuestros, bien aprovechando lo que hemos oído y observado sin haber querido responder de otro modo que mediante maneras engañosas.

Mis tipos favoritos de silencio no son los que tienen una connotacion más favorable, sino los que Dinouart describe con gran capacidad de observación como los de los caracteres más anodinos.

El silencio de humor es el de un hombre cuyas pasiones sólo se animan según la disposición o la agitación del humor que en él domina, y del que dependen la situación de su ánimo y el funcionamiento de sus sentidos; el de un hombre al que parece bien o mal lo que oye dependiendo del mal o del buen funcionamiento físico, que sólo abre la boca para hacer afirmaciones extravagantes y para decir únicamente cosas desatentas o fuera de lugar.

El silencio político es el de un hombre prudente que se reserva y se comporta con circunspección, que jamás se abre del todo, que no dice todo lo que piensa, que no siempre explica su conducta y sus designios; que, sin traicionar los derechos de la verdad, no siempre responde claramente, para no dejarse descubrir. Tiene por divisa estas palabras de Isaías, secretude meum mihi”.

Dinouart fue un adelantado de su tiempo que no quiso ejercer el silencio político. En 1749, publicó Le triomphe du sexe, un tratado feminista que le costó la excomunión. Tal vez Dinouart debería haber escuchado a William Shakespeare, a quien se le atribuye una de mis citas favoritas: “es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras”.

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El “Descaspe” del Cine Español

Por 06/07/2017 Cine & TV

Lo confieso: durante muchos años dejé de ver cine español. Cada vez que lo intentaba, recordaba porqué había dejado de hacerlo; ante patochadas como la saga Torrente, o los ciento y mil dramas ambientados en la guerra civil española, la mayoría de los títulos que España produjo hasta principios de esta década me parecieron insustanciales, poco originales, y en el peor de los casos, aburridos, melodramáticos y de mal gusto.

Es como si durante años estuviéramos atrapados en las películas casposas de la época del destape, la de esas cintas que protagonizaban Fernando Esteso y Andrés Pajares en los años 60, y que ni siquiera el paso de los años han podido revestir de patina vintage (por mucho que lo hayan intentado espacios televisivos proclives a la nostalgia como Cine de Barrio en España).  Mientras la Italia de Antonioni o la Francia de Truffaut producían obras maestras, nuestro cine era muy malo, a excepción de alguna obra suelta de Luis Buñuel, Víctor Erice (aún recuerdo el impacto que El Sur tuvo en mi infancia)  o Carlos Saura.

No fue hasta la aparición de José Luis Garci en los 80, Pedro Almodóvar en los 90, y Alejandro Amenábar en los 2000, que nuestro cine comenzó a ganar personalidad, con marcados puntos de vista y proyección internacional. Pero incluso el empujón de estos autores no ha logrado crear la percepción de que nuestro cine pertenece al club de los mejores, y el séptimo arte español no es ni cine de culto ni fenómeno de masas.

Las buenas noticias son que, en los últimos años, hemos visto indicios de cambio. En España solamente, el cine nacional superó en 2016, por tercer año consecutivo, la barrera de los 100 millones de euros de recaudación en taquilla, y la cuota de pantalla rozó el 20%, algo inusitado en años anteriores. Esto fue posible a una oferta variada e inteligente de dramas, thrillers y comedias con personalidad propia, guiones refrescantes y unos estándares de producción que muy poco tienen que envidiar al resto del cine europeo y norteamericano.

Para los que vivimos fuera de España, es gratificante encontrar algunos de los mejores exponentes de este nuevo cine español en plataformas como Netflix. Si aún no te ha picado el gusanillo del cine Made in Spain, te dejo con las reseñas y los tráilers de algunos de los títulos que más me han gustado en años recientes.

Contratiempo (The Invisible Guest). No soy especial fan de Mario Casas (me parece un actor de limitados registros), pero he de admitir que es el perfecto protagonista para este entretenidísimo thriller dirigido con brío y estilo por Oriol Paulo. Es cierto que la trama, que cuenta la historia de un empresario que está preparando su testimonio en un juicio para exculparse de un asesinato, puede resultar un poco enredada hacia el final de la película, pero la edición es tan vibrante  que te mantendrá pegado a la silla hasta el último plano. La cinematografía noir es fantástica, y la contenida interpretación de los dos personajes secundarios, José Coronado y Ana Wagener, colosal.  En algunos momentos, la película me recordó al cine del inquietante David Lynch.

Palmeras en la Nieve (Palm Trees in the Snow). Mario Casas repite como protagonista de esta película basada en una novela romántica de Luz Gabán y ambientada en la colonia de España en Guinea Ecuatorial. La película no deja de ser un culebrón melodramático – el personaje de Casas vive un amor imposible con una bella nativa – pero el mérito de esta cinta radica en la calidad técnica de su cinematografía, vestuario, maquillaje, música y diseño de producción. Viendo Palmeras en la Nieve no pude dejar de pensar que nuestro cine poco tiene que envidiar a las grandes super-producciones de Hollywood con trasfondos históricos. El resultado final es comercial, pero Fernando González Molina, el director de la cinta, consigue combinar los elementos históricos con la emoción de una historia de amor.

La Isla Mínima (Marshland). Esta película, dirigida con por Alberto Rodríguez Librero, no es fácil de ver. La tensión crece en cada plano, según avanza la investigación policial del asesinato de dos chicas jóvenes en un pequeño pueblo andaluz durante la década de los 80. Las marismas del Río Guadalquivir sirven de metáfora para el vacío sórdido y las preguntas sin respuesta que plagan las pesquisas de detectives interpretados por Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez. La excelente dirección y producción crean un clima asfixiante e hipnotizante que convierten a esta película en una pequeña obra de arte en el género. En 2015 La Isla Mínima ganó 10 Premios Goyas, los Oscar españoles, incluyendo el galardón de mejor película.

El Hombre de las Mil Caras (Smoke & Mirrors). Si bien la trama de esta película es predecible, pocas películas han reflejado mejor las noticias relacionadas con la corrupción política de los últimos años en España.  Alberto Rodríguez Librero vuelve a la dirección de una historia que recuerda a las buenas cintas de espionaje. Francisco Paesa (Eduard Fernández), ex agente secreto del gobierno español y responsable de la operación contra ETA más importante de la historia, se ve envuelto en un caso de extorsión y tiene que huir del país. Cuando regresa arruinado al cabo de los años, recibe la visita de Luis Roldán (Carlos Santos), ex Director General de la Guardia Civil, y de su mujer Nieves Fernández Puerto (Marta Etura), quienes le ofrecen un millón de dólares por ayudarles a salvar 1.500 millones de pesetas sustraídos de las arcas públicas. La película, narrada por un compinche de Paesa (de nuevo el incombustible José Coronado), atrapa al espectador con un ritmo trepidante y una narrativa eficaz llena de inventiva.

 Tarde para la Ira (The Fury of a Patient Man). La ópera prima de Raúl Arévalo como director se hace eco de la sordidez de La Isla Mínima pero se desenvuelve de una manera mucho más cruda y violenta, sin estilismo. Este thriller, protagonizado por Antonio de la Torre, cuenta la historia de Curro, un hombre que estuvo encarcelado por el robo a una joyería y que, una vez fuera, tiene ganas de venganza. La película acaparó los Goya de este año como mejor película, dirección novel, mejor guión original y mejor actor de reparto (Manolo Solo).  La película depara alguna que otra sorpresa y es una combinación de muchos géneros (costumbrismo, cine negro, road movie) que la convierten en una original obra de autor. Pero cuidado, puede herir tu sensibilidad, y como dicen en inglés, it´s not suitable for the faint of heart (no apta para los débiles de corazón).

Estos ejemplos del cine español reciente son muestra de que algo está cambiando en la industria, a medida que comienzan a proliferar voces originales con un distintivo sello personal. Este año, sin embargo, solo una película española parece estar batiendo records de taquilla, y no es precisamente una favorita de la crítica. Es por tu Bien, una película original de Telecinco Cinema,  es una comedia protagonizada por José Coronado (¡sorpresa!), Javier Cámara y Roberto Álamo. Esperemos que nuestro apetito por comedias fáciles no apague la vena creativa del cine español, con lo que nos ha costado.

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